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Las fiestas de diciembre – Grupo Milenio


El calendario de festividades marca el 24 y 31 de diciembre como los días más grandiosos del año en los que el éxtasis de la alegría y los buenos deseos se derraman por todas partes, como consecuencia de dos grandes sucesos: el anuncio del nacimiento del Niño Dios, el cual, a decir del relato religioso, aconteció el día 25; y la celebración del último día vivido en el año.

Viendo las cosas con rigor, la noche del 24 de diciembre en la que en nuestro tiempo se celebra la Navidad (del latín Nativitas, nacimiento; para los cristianos Nativitas significa nacimiento de Jesús), es la culminación de una serie de festividades paganas de inspiración religiosa llamadas posadas; pero, lo curioso es que el día siguiente, el del nacimiento de Jesús, ya casi nadie se acuerda de la Navidad, mucha gente se la pasa dormida, como consecuencia de la resaca o la desvelada de la noche del 24.

Hay dos tipos de posadas, las de primer tipo y de mayor tradición comienzan nueve días antes de la Navidad, consisten en la representación de las vidas de Jesús y María, los padres de Jesús, en las que participan, cada vez menos, familias y amigos de barrios populares llevando las estatuillas de María y José de una casa a otra en busca de posada. Las de segundo tipo comienzan desde el primero de diciembre, y consisten en reuniones de amigos en las que abundan la comida y las bebidas.

De niño participé en las posadas del primer tipo, a veces me tocaba estar afuera, detrás de María y José pidiendo posada: “En el nombre del cielo os pido posada, pues no puede andar mi esposa amada”; otras veces estuve adentro: “Aquí no es mesón, sigan adelante, yo no puedo abrir, no sea algún tunante”. Y al final, después de réplicas y contrarréplicas: “Entren Santos Peregrinos, Peregrinos, reciban este rincón, que aunque es pobre la morada, la morada, os la doy de corazón”.

¡Qué tiempos aquellos! Todos entrábamos detrás de María y José al hogar que nos proporcionaba posada; a los Santos Peregrinos se les colocaba en un sitio al lado del Nacimiento, inmediatamente después todos nos hincábamos frente a los símbolos religiosos, y dirigidos por doña Lupe comenzábamos a rezar.

La incansable doña Lupe le daba vueltas y más vueltas a su largo rosario, después de no sé cuántos misterios y “ruega por nosotros”, “ruega por nosotros”, terminaban los rezos y salíamos al patio a romper la piñata. Ahí nos encontrábamos con un grupo de señores bebiendo cerveza; ellos no participaban ni en la representación de los peregrinos, ni en el rosario; posiblemente de esta costumbre surgieron las posadas de tipo dos a que me he referido, las cuales, como dije, comienzan con el mes de diciembre y no se necesita ni de peregrinos, ni estar cerca de los rezos.

Pero eso sí, en las posadas de tipo dos, lo mismo que en la noche del 24 de diciembre y la noche del año viejo se desbordan los sentimientos de alegría, los buenos deseos y los sentimientos de fraternidad y amor.

Lástima que el éxtasis de la alegría que genera vivir las navidades y cada uno de los minutos de la noche del año viejo sea algo momentáneo. Muy pronto, como el bello resplandor de los juegos pirotécnicos que ante nuestros ojos se desvanecen en el cielo, desaparecerán estos nobles sentimientos para dar lugar a las actitudes individualistas y egoístas que nos caracterizan. Pues, si los griegos no se han equivocado, la alegría y buenos sentimientos que envuelve los corazones durante estos días no es sino el olvido momentáneo de la tragedia que como humanos nos toca vivir.

Efrén Vázquez Esquivel





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