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Iron Maiden llena dos veces el Honda Center mientras ratifica su supremacía en el metal


La banda británica Iron Maiden no se ha tomado nunca las cosas con calma, al menos en lo que respecta a sus presentaciones en vivo, ya que, si bien el periodo de tiempo que transcurre entre cada uno de sus álbumes inéditos en estudio se ha venido haciendo cada vez más largo, las monumentales giras que realiza no han cesado desde el inicio de su carrera, hace más de cuatro décadas.

En teoría, lo que el mítico conjunto de heavy metal presentó el miércoles y el jueves de esta semana en el Honda Center de Anaheim debía seguir los lineamientos del concierto presentado hace casi exactamente dos años en el Banc of California Stadium, porque las fechas que se vienen dando ahora son una prolongación de “Legacy of the Beast World Tour”, la gira que se inició en mayo del 2018 y que se vio interrumpida por la pandemia del Covid-19.

Pero la extensión de estas presentaciones, sumada a la prolongada pausa obligatoria, produjo un cambio esencial que ha alterado sustancialmente el setlist: el lanzamiento de uno de esos discos nuevos que son todo un acontecimiento para el género musical representado -se publicó casi seis años después del anterior- y que, en este caso, recibió críticas particularmente entusiastas. Nos referimos a “Senjutsu”, una placa ambiciosa y profundamente épica que está ocupando un generoso espacio en los shows actuales.

De ese modo, el pasado miércoles, los trámites en el escenario se iniciaron con tres temas provenientes de la producción: “Senjutsu”, “Stratego” y “The Writing on the Wall”. Aunque el último fue el primer sencillo del disco, contó con un vistoso videoclip y llamó la atención desde su estreno mismo por sus inesperadas incursiones en el country (cortesía del guitarrista Adrian Smith), preferimos el segundo, sobre todo porque maneja uno de esos ritmos propulsivos que tanto distinguieron a la banda durante su época dorada y que han disminuido considerablemente con el paso de las grabaciones (y de los calendarios).

Tras ese largo segmento, el grupo le dio rienda suelta a su repertorio más celebrado, empezando por “Revelations”, que despertó las primeras arengas del vocalista Bruce Dickinson y, en consecuencia, los primeros gritos simultáneos de la audiencia con los puños en alto, mientras que la impresionante escenografía de inspiración japonesa que había acompañado al primer segmento se cambiaba por un ambiente de catedral desarrollado sobre la base de telas gigantescas.

“En momentos en los que el mundo se desmorona por una razón u la otra, esta noche, ustedes son parte de una gran familia”, dijo Dickinson a continuación, dándole con ello pie a “Blood Brothers”, un tema representativo del momento en que regresó a la banda tras seis años de separación, cuando fue reemplazado por Blaze Bayley. Curiosamente, desde la primera parte de esta gira, Maiden ha estado incluyendo en sus actuaciones dos temas grabados con Bayley, “Sign of the Cross” y “The Clansman”, que tampoco faltaron ahora, pero en un orden distinto.

El vocalista Bruce Dickinson en movimiento.

El vocalista Bruce Dickinson en movimiento.

(James Carbone)

Si no lo han notado ya, ver a este grupo significa no solo poder apreciar en acción a unos músicos veteranos y virtuosos que lo dan todo sobre el escenario, sino también disfrutar de una de esas puestas en escena teatrales y grandilocuentes que son cada vez más escasas en los espectáculos de rock.

“Flight of Icarus”, uno de los clásicos incuestionables de nuestros amigos ingleses, llegó acompañado tanto por un nuevo cambio de escenografía (enfocado esta vez en un ángel gigante) como por las llamaradas que surgían de los brazos de Dickinson; durante la interpretación de “Fear of the Dark”, el mismo vocalista lució una máscara veneciana (esas que tienen nariz) y llevó un farol siniestro; y la figura legendaria del monstruoso Eddie tuvo finalmente una participación activa mientras sonaban las notas de “The Trooper”, antes de ser ‘derrotado’ por un Dickinson que, de manera conveniente, llevaba en esos momentos una bandera estadounidense.

Por el lado de la ejecución musical, como lo hemos insinuado más arriba -y como es completamente comprensible-, el grupo ha perdido parte de la contundencia que lo distinguió a mediados de los ’80, lo que se pudo notar sobre todo en los momentos dedicados a los temas realmente rápidos de su historia, como “Iron Maiden”, “The Trooper” y “Aces High”, que no sonaron todo lo coordinados que se podría esperar, aunque Dave Murray sigue siendo nuestro guitarrista favorito de los tres (los otros dos son Smith y Janick Gers, que también son excelentes, por cierto), mientras que el bajista Steve Harris y el baterista Nicko McBrain conforman todavía una las bases rítmicas más sólidas y longevas en toda la historia del rock.

La banda en conjunto.

La banda en conjunto.

(James Carbone)

A estas alturas, resulta imposible salir completamente satisfecho de uno de estos shows si se es un fan de verdad; yo, por ejemplo, sigo lamentando la ausencia de “Powerslave”, y hubiera preferido cualquier tema hecho con Dickinson o con el primer cantante oficial, Paul Di’Anno (“Killers” o “2 Minutes to Midnight” quizás), antes que los de la era de Bayley que se tocaron (aunque “Sign of the Cross” tiene un juego de guitarras increíble).

Sea como sea, a sus 64 años, Dickinson se mantiene en un estado físico envidiable. Esta vez, no lo vimos correr tanto como en otras ocasiones, pero se trepó de todos modos a los amplificadores y los muros de utilería presentes, y su voz -que podrá no ser del gusto de todos, pero es una de las más emblemáticas en las filas del metal- mantuvo casi siempre la potencia y el altísimo registro que le han dado desde hace muchos años un lugar privilegiado en el universo de la música contemporánea.



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