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El verdadero opresor – 24 Horas


                                  Culpar a otros es patrimonio específico de los corazones inferiores

                                                                                                        Horacio Quiroga

 

La distinción entre el bien y el mal no es otra cosa que un control de la conducta humana, a fin de asegurar una convivencia social pacífica y cooperativa.

Tras garantizar así nuestra permanencia en el planeta, hemos creado conceptos que nos acercan a la necesidad espiritual básica: el amor. Así, le hemos dado mucha complejidad a todo un sistema de valores que nos evocan dicho sentimiento: compasión, solidaridad, empatía, paciencia, tolerancia, respeto, valoración, reconocimiento, entre otros.

Por otro lado, hemos creado un poderosísimo yugo, uno solo, llamado culpa, para alejarnos de las conductas dictadas por la emoción más perturbadora que tenemos, aunque fundamental para la supervivencia: el miedo.

Toda acción emprendida con miedo –cuando no es estrictamente autodefensa ante un peligro inminente–, suele ser expansiva y destructiva. Por eso, la seguridad que en sociedad podemos darnos unos a otros incluye, también, mantenernos a salvo unos de otros.

La culpa es tan universal como el miedo y, de hecho, es uno de los inventos humanos que más lo desnaturaliza, hasta ponerlo en nuestra contra. No existe una sola cultura que no haya desarrollado el concepto de culpa y creado la emoción asociada a partir de castigar las conductas rechazadas.

Ante todo, la culpa es ficticia, proviene de sistemas de creencias que estandarizan, según la época y la cultura, lo que es correcto o incorrecto, y lo premian o lo castigan para programar el pensamiento, el sentimiento, la actitud y la acción de las personas durante toda su vida.

Lo que hoy es bueno ayer fue malo y viceversa. Lo que antes causaba culpa, hoy incluso da orgullo y viceversa. Así de falaz es la culpa. Y así como sirve para regular el comportamiento social, es muy útil para manipular emocionalmente a una o a millones de personas al mismo tiempo.

Quien sabe hacer sentir culpable a alguien, lo debilita y, por ende, lo somete a su voluntad. Quien sabe hacer pasar a unos como culpables de los problemas de otros, los confunde y puede así dominar masas.

La culpa es uno de esos temas de análisis prácticamente inagotables. Se pueden escribir libros sobre ella sin abarcar todos los enfoques desde los cuales puede ser vista. Por eso sigue siendo –apuntalada por el miedo a sus consecuencias–, el opresor más poderoso de la humanidad.

Prácticamente todas las religiones, todos los mitos que ha creado el hombre, todas las fábulas, leyendas y relatos manejan la dicotomía del bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto; por tanto, con o sin intención, contienen un planteamiento sobre la culpa y su consecuente castigo.

El poder de la culpa radica en el poder de la milenaria creencia de que siempre somos culpables de algo. Por eso ya ni siquiera necesitamos que alguien nos señale; lo hacemos nosotros mismos, en nuestro diálogo interno. Siempre hay una voz que nos culpa por hacer algo, con contraposición con otra voz que nos culpa por no hacerlo.

Para que haya un culpable debe haber un culpador, y ese siempre somos nosotros mismos, porque si no nos creyésemos culpables con antelación a que otro nos culpe, no podría nunca manipularnos.

Todos actuamos más para no sentirnos culpables que por verdadero convencimiento de algo. Eso hace a la culpa prácticamente omnipresente. Al final, nos sentimos culpables solo por no complacer a los otros e incluso ante la posibilidad de no haberlo hecho.

Existe una salida al yugo que nos mantiene psicológicamente oprimidos: el concepto de karma, teoría espiritual de causa y efecto, que en occidente, por cierto, equiparamos a culpa y castigo, por incapacidad de entenderlo.

Mientras la culpa nos ancla al miedo al castigo y nos debilita, el karma nos libera y fortalece, nos da el dominio de la propia vida, pues se trata de responsabilizarnos de nuestras circunstancias, con la conciencia de que somos los causantes, aunque no identifiquemos la causa exacta.

 

@F_DeLasFuentes

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