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Del hombre común – Grupo Milenio


“Nunca se es tan bobo como con los bobos”, escribió el príncipe de Ligne hacia finales del siglo XVIII. ¿De qué otra manera sería? Si aquel siglo fue el de los moralistas; fue la centuria de Pascal, La Bruyère y La Rochefoucauld: agudos observadores de los asuntos humanos, agrios y desencantados —como sólo los realistas y los cínicos pueden serlo. El XVIII fue, sin embargo, también el siglo de Samuel Pepys, el más ordinario y bobo de los escritores. Aunque secretario del Almirantazgo, parlamentario y miembro de la Royal Society, la fama de Pepys obedece más bien a su diario, el más honesto de los documentos literarios. Como Franz Kafka, Pepys no pretendió ni por asomo publicar su diario; y, como el bohemio, su testimonio se convirtió, pese a sí mismo, en epítome del género.

Pero hay, sin embargo, una distinción ulterior: cuando se afirma que Pepys escribió su diario para sí mismo, esta aseveración comporta todo menos una vanidad literaria. Su diario nos ha alcanzado casi por equivocación, al tiempo que su autor buscaba iluminar a las generaciones venideras en —lo que hoy llamaríamos— el servicio público. Burócrata mediano, Pepys no nos interesa por sus hazañas como funcionario, sino por la medianía de su propia vida. Y es que, si bien conspiró para la restauración de Carlos II y figuró entre los fundadores de la Royal Navy of England, Pepys nos asombra por su verdadera gesta, que era íntima, y, como la de todos nosotros, sus lectores, sobradamente irrelevante.

Samuel Pepys representa, por definición, al hombre común. Sus problemas son los nuestros: mientras lidia con el trabajo, el dinero y el amor conyugal, padece la plaga de 1665, el incendio de 1666 y la Segunda Guerra Angloneerlandesa. Y enfrenta al mundo como puede, encontrando consuelo en los amigos, en la comida y la bebida, en la viola y el canto. Esto no lo vuelve especial; lo que sí lo hace es, no obstante, su honestidad para registrarlo.

Pepys no se distinguiría de ninguno de nosotros salvo por una cosa: su autenticidad. Cuando escribe, a diferencia de los grandes diaristas, realmente lo hace para sí. No hay edificación ni pretensión alguna: lo mismo consigna una resaca que sus dificultades para soportar el sermón del domingo. “Nada fuera de lo ordinario” —se me dirá. Pero Samuel Pepys, cristiano por comodidad, contaba con un rasgo por lo demás inusual: la capacidad de asombro. Para el inglés, bien valía vivir para observar el sol, admirarse con el vestido de una cortesana o agradecer, como si no fuera bastante, un día más de vida. Nadie más que él podría celebrar en su diario el aniversario de una operación de cálculos. Porque Samuel Pepys gozaba de algo que es también sólo prerrogativa de los infantes: el agradecimiento.

Goethe dijo que el príncipe de Ligne fue el hombre más feliz de su tiempo. Atrevámonos a sumarnos, junto con Samuel Pepys, a esa preciosa lista.

Antonio Nájera Irigoyen





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